3. COMUNICACIÓN


La COMUNICACIÓN MUSICAL 

en el 

UNIVERSO CULTURAL CONTEMPORÁNEO



(TIEMPO ACADÉMICO DE LECTURA 7-9 MINUTOS)

3-I

La identidad cultural es el lugar donde encontramos la cultura como subjetividad, donde la comunidad se piensa como sujeto de manera dinámica y dentro de un proceso continuo. 


Es decir, la identidad cultural supone una mediación incesante entre tradición y renovación, permanencia y transformación, emoción y conocimiento. 


La identidad cultural creada sobre el discurso sonoro carga de significado a la música, nos enseña que ésta es el vehículo ideal para transmitir los valores propios de la cultura. 


Tradicionalmente no hemos socializado a través de la música, nuestros deseos, valores, creencias e ideas comunes han encontrado un canal de expresión a través de los sonidos. 


En este sentido, hemos reconocido en determinadas melodías o canciones nuestras raíces sociales que marcan la pertenencia a una determinada cultura y nos posibilita reconocer un pasado, situarnos en un presente y proyectar un futuro. 


Ahora bien, la sensación de la música como acción social no deja de ser un fenómeno subjetivo que depende de la actividad receptora. 


La recepción musical viene anticipada por una estrategia que juega con las expectativas del oyente.


Esta acción de percibir es la sensación de la música y sólo ella puede establecer esferas culturales, puede ser eficaz como herramienta de comunicación, puede ser social.


El hombre entra en contacto con el mundo a través de sus sentidos, cada uno de ellos le permite conocer alguno de los aspectos del entorno que le rodea. 


En esta necesidad por percibir el entorno a través de los sentidos, el sonido se convierte en un elemento fundamental para transmitir y recibir información. 


Después del habla, la música es el sonido más importante generado por el hombre, es una estructuración de sonidos que constituye un lenguaje imaginario con un valor expresivo propio. 




La música es un instrumento comunicativo fundamental que persigue describir conceptos, sensaciones, lugares, situaciones..., y por esta razón, las diversas culturas la han utilizado como un potente agente de socialización, ya que siempre ha tenido un poder y una vocación educativa importante que ha sido fundamental para la construcción social de identidades y estilos culturales e individuales. 


El discurso musical se abre conscientemente a sus dimensiones prácticas hasta verse implicado en formas de vida con concepciones singulares sobre cómo nos relacionamos unos con otros y con el mundo. 


La música es una parte esencial de nuestra memoria biográfica, cualquier época de nuestra vida va unida a un tipo de música, a una melodía, o a una canción, nos ayuda a recordar y nos acompaña desde la infancia hasta la madurez sonorizando nuestro desarrollo en sociedad.


La expresión musical es un pilar fundamental de todas las sociedades. No existe comunidad humana que no posea una expresión musical como un elemento estructurante e integrador. 


El hecho musical tiene un importante valor que se deriva de su carácter de lenguaje y, con ello, de su capacidad para permitir la comunicación. 


Si bien, en demasiadas ocasiones, el mensaje semántico de la música puede parecernos escaso, sobre todo si nos referimos a la música que sólo tiene melodía, debemos entender que la información estética conforma un campo significativo muy grande. 


Esto nos lleva a afirmar que la música siempre expresa algo, incluso para aquellas personas que desconozcan su lenguaje. 


Con la música se puede evocar, sugerir, describir, narrar. 


Cada acto musical genera procesos de significación. 


El lenguaje que constituye la música no es el del habla común, por no disponer de carácter conceptual, pero, a pesar de ello, también puede expresar emociones y sentimientos. 


El hombre ha encontrado en el sonido un elemento identitario fundamental, ya que cuando no puede expresar, mediante el lenguaje común, alguna idea que tiene en su interior, encuentra un mecanismo de expresión mucho más poderoso, el lenguaje de los sonidos, cargado de una expresividad cultural concreta.


Ahora bien, la función comunicativa del hecho musical, depende también del estilo, del gusto, de las etiquetas artísticas y de la formación para su interpretación que impera en cada momento. 


Cada cultura posee su propio ritmo y su experiencia consciente se ordena en ciclos de cambio estacional, crecimiento físico, actividad económica, sucesión política, vida y más allá. 


Podemos decir que la experiencia de la vida ordinaria tiene lugar en un mundo en tiempo real. 



"La cualidad esencial de la música es su poder para crear otro mundo de tiempo virtual" (Blacking, 2006). 



3-II

Es aquí donde reside el verdadero poder comunicativo de la música, comunica algo que puede ser modificado con cada nueva audición, algo que cambia al ritmo de los cambios de contexto, de los cambios sociales. 


Esta característica de la música surge cuando el sonido se vuelve material con su transmisión por los canales espaciales y temporales, esto es, cuanto la música deja de ser percepción inmediata y se distribuye a través de los medios, comienza a grabarse y almacenarse en diversos soportes. 



"Entonces, la obra musical ya no es única, se vuelve observable como un producto temporal" (Moles, 1978). 



Antes de que la música se pudiera grabar y almacenar para hacerla sonar en cualquier situación, las melodías sólo existían como materia temporal recreadas por el músico de turno. 


Desde que existe la grabación, el lenguaje musical se vuelve estable.


Así, la comunicación musical permanece en el tiempo, ante distintas generaciones, y toma un nuevo significado con cada interpretación, de ahí su importante riqueza.


Hoy en día no podemos cuestionar la capacidad comunicativa de la música porque sin ser un lenguaje, opera como tal y su comunicabilidad se desarrolla a través de procedimientos observables, medibles y verificables.


Pero, pese a esto, vivimos en una época en la que se usa y abusa de la música sin importarnos su capacidad comunicativa. 


Nunca estuvimos tan rodeados de música pero, sin embargo, ésta ocupa en nuestra sociedad un lugar eminentemente periférico, quedando oculta su función comunicativa. 


De esta forma hemos ido perdiendo progresivamente la capacidad de interpretar su verdadero lenguaje. 


Cada uno de nosotros mantiene unos límites dentro de los cuales el sonido, percibido como agradable y satisfactorio, le reportará significado y fuera de ellos, será apreciado como ruido y disonancia careciendo de significación. 


Estos límites, que tradicionalmente quedaban establecidos dentro de unos parámetros muy concretos y, en cierta medida, compartidos por la sociedad, hoy pasan a estar poco delimitados. 


El aficionado a un determinado estilo musical suele dotar de significado a los sonidos que escucha en función de las expectativas que la música le ha causado. 




Seguir un estilo musical concreto, 
una etiqueta musical, o a un determinado músico o artista, nos condiciona a la hora de recibir otros tipos de música porque tenderemos a juzgar la novedad en función de los marcos de referencia que tenemos creados como consecuencia de nuestros gustos. 



Así, las melodías o canciones que escuchamos serán mucho más comunicativas para nosotros cuanto más se aproximen a ese patrón musical que viene determinado por nuestro gusto personal.


Muchas prácticas sociales están ya más o menos vinculadas a la música y contribuyen a construirla y a darle sentido. 


La dimensión más significativa de la música es su funcionalidad dentro de un contexto social determinado. 


Este pertenecer a un escenario cultural dado genera, y determina, el papel comunicativo que posee la música en la vida del individuo, que pertenece a un grupo con el que comparte un universo simbólico, una lengua, unas costumbres, creencias, etc. 


Es en este contexto donde la melodía o la canción se cargan de un significado social compartido. 


Ahora bien, nuestra sociedad ha tendido a una divulgación masiva de un discurso musical fácil que está provocando la desaparición de las culturas musicales tradicionales, que vivían la dimensión comunitaria de la música basada en la interpretación colectiva. 



"Esta música está siendo sustituida por un modelo musical estándar donde la función comunicativa aparece cada vez más alterada y manipulada por todo un entramado institucional corporativo con ramificaciones en el campo tecnológico, económico y político" (Smiers, 2006). 



3-III

Este entramado diseña los componentes de una cultura masiva más preocupada por los efectos en la audiencia y las posibilidades de controlar sus reacciones, que por las funciones comunicativas del hecho musical. 


Ahora bien, aquello que definen los medios como música no es la única verdad. 


Formas musicales alternativas y distintos modos de producción musical conviven a menudo con las dimensiones musicales de lo masivo, contaminándose y contaminándolas. 


Podemos decir que la variedad de expresiones musicales en el mundo actual está fuertemente vinculada a las dinámicas de la vida social, y está llena de valores simbólicos de naturaleza implícita y explícita. 


La música de la era postmoderna no tiene receptores sino únicamente usuarios y su utilización consiste precisamente en subrogarse en el yo de la canción o la melodía que, no es el yo del músico, sino una suerte de casilla vacía al servicio del usuario que quiera recurrir a la melodía o canción para expresar sus sentimientos. 


"Siguiendo esta dinámica, la música actual deja en blanco el significado para que cada cual pueda llenarlo con sus propias ideas" (Pardo, 2008).







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